Es el fin del mundo y yo sentada en un café. Hay un gordo sentado a mi lado, me doy cuenta que no se entera de nada. Me gusta que pase de esta manera, lo imaginé hace unos minutos, el fin del mundo. Por fin ¡Cómo me gusta jugar con la idea de la muerte!. Lo que me recuerda al silogismo de Cayo, pero Cayo no era una mujer, Cayo no tenía una gata que no tiene un ojo, Cayo no tenía el corazón roto y el alma entristecida, Cayo no se perdió jugando bebeleche cuando tenía siete años, Cayo no lloró después de perder su virginidad, ni atropelló un vagabundo en la oscuridad con su bicicleta. La lluvia que golpea los muros del café, separandola con gran pena de mi. No hay refugio para los pies, ni refugio contra el viento, sólo aquí, conmigo y con el gordomasticachicle. Al otro lado del salón alguien traba las puertas con sillas. La puerta más cercana a mi se abre inesperadamente y un fuerte viento empuja la lluvia hacia mi, y yo no me protejo porque estoy lista. Cayo no tuvo un pollo que murió aplastado en el patio de su casa. Pero la tormenta también me abandona (y siente un vacío en el pecho, como si hubiese una aspiradora ahí dentro, escribió D. H. Lawrence). La lluvia ha cesado y el viento disminuye, aún pienso que es un buen escenario para mi muerte. Pero ¿acaso a Cayo se le humedecían los ojos cada vez que recordaba sus estúpidas y dulces fantasías?
viernes, 18 de julio de 2014
miércoles, 16 de julio de 2014
Souvenirs
La verdad es que la causa de su silencio y mal gesto son el olor del trabajo, el olor del smog que se cuela por las ventanillas, los alientos y etcéteras deambulando en el camión. Aunque sí intenta hablar. Derrotado, se pone a leer los letreros de salida de emergencia que hay en las ventanas y en su mente pronuncia las frases en portugués y en francés sólo por aburrimiento. Alguien intenta sentarse a su lado y lo molesta el tener que ir del lado de la ventana en donde decenas de personas han recargado sus sebosas cabelleras desde la primera salida, sobre todo en la primera salida. Su mal humor surge efecto y la persona sigue de largo.
-Hey, ¿por qué se te hace un nudo en la garganta cuando lloras?
-No lo sé, no lloro.
Si lloraba, a veces. Lloró cuando se murió su perra y no hay más anécdotas de su llanto, pero si lloraba. Lo del nudo en la garganta lo sabía perfectamente pero la pregunta de ella le pareció romántica, la garganta se abre para permitir que los pulmones obtengan más aire y esto implica la ampliación de la glotis que a la hora de tragar se dificulta ya que este tiene que cerrarse para que no te ahogues, tenía la explicación y podría decirle que no había suficiente espacio para que tragara saliva y tomara el aire necesario para sus lloriqueos pero, la quería y no era esa la explicación que buscaba, aunque no hubiera respuesta romántica para eso.
Hoy ella se quedo llorando en el rincón, la sábana cubría la mitad de su cuerpo y se negaba a dar la cara, sólo se oía su moqueo. Sentado en el camión se preguntó si ella estaría pensando como él en esa tontería del nudo en la garganta. Quería darle la explicación escueta en la que había pensado el otro día, también quiso acercarse y hacerla hablar, contentarla, hacerla feliz, contarle lo del nudo, tal vez decirle que ya dejara de llorar y que él le contaría que también lloraba y no sólo esa vez de su perra que ella ya sabía. Ojalá ella hubiera sabido esto en el camino así no se habría bajado sin despedirse, pero es ese olor, a cigarro impregnado en la ropa y los cabellos.
jueves, 29 de mayo de 2014
El desprecio
Nos citamos frente al museo, ahí en donde hay una fuente. Yo había llegado a la hora acordada como es mi costumbre y me quedé veinte minutos esperando. Había buscado su cara entre un grupo grande de adolescentes reunidos en el portal sin encontrarlo. Sentía las miradas curiosas de los teens recargados en las promociones del mes. Encendí un cigarrillo. No lo había visto en cinco años y no estaba segura de qué buscar. Observé la calle mojada y la cantera rosa que palidecía con la lluvia. Mi teléfono sonó y contesté a regañadientes por el cobro de la larga distancia. Era él, lo siento se me presentó un pequeño inconveniente en la producción y además he olvidado cómo calcular mis tiempos de traslado sin automóvil. Ah, dije yo volteando lo ojos. Lancé mi cigarro que siseó agradablemente al contacto con el piso mojado. Colgué. No estaba molesta pero me pregunté por qué había aceptado esa reunión. Mi desapego con las relaciones evitaba cualquier tipo de sentimentalismo que el tiempo pudiera generar. Lo vi bajando del taxi, que es por cierto un automovil, lucía igual que la última vez cinco años atrás en algún lugar que no recuerdo, se veía muy animado de verme, podría atreverme a decir que feliz. Me pregunté qué pensaría él de mi ceño perpetuamente fruncido. Pagó el taxi y se abalanzó contra mí levantándome del piso y dándome vueltas como si se tratara una pequeña yo de seis años y mi papá en algún parque entre los snaks y los juegos mecánicos. Me dio varias vueltas entre efusivos holas y cómo-has-estados, las vueltas aéreas me tomaron desprevenida pero no por sorpresa. Mientras volaba por los cielos con mis tetas bien presionadas contra su pecho un olor a humedad proveniente de su ropa se clavó en mi nariz. Fue ahí, en la quinta vuelta, cuando decidida y descortésmente, lo empujé y me liberé. Alguna gente no sabe cuando parar. Nunca te había visto de anteojos, me dijo. Caminamos hacia un bar, él ordenó un whisky que hablaría bien de su masculinidad, y yo una cerveza. Le dije que tenía que irme en media hora porque tenía un compromiso pero era una mentira. Me miró y parecía una cabra desorientada en la ciudad, bueno, me dijo, siempre es un placer estar contigo aunque sea por media hora. Vaya placer.
viernes, 21 de febrero de 2014
Me siento en el borde de la cama. Mi cabello luce poco elegante en el espejo y cuando intento arreglarlo lo arruino más. Hay olor a sexo. Tal vez sea su sexo lleno de mis jugos que disfrutó sin saberlo por última vez. Más allá sobre la alfombra café veo un punto negro. Estiro mi pierna derecha y con habilidad alcanzo mis bragas. Las coloco sobre mis tobillos y sin pararme comienzo a subirlas para vestirme. Ahora me da vergüenza que me vea, mis nalgas desnudas que ha visto muchas veces, mi pubis sin depilar. El único coño no depilado que queda en la ciudad, pienso. Mi pantalón quedó lejos, allá cerca de la puerta. Lástima, sólo ahora se me ocurre eso de la intimidad y la vergüenza. Él sigue durmiendo del lado izquierdo de la cama. Esa misma mañana había estado a la altura de mi cadera jugando con su lengua a hacer el amor. Tengo deseos de abrazarlo, más como a un primo que no volveré a ver hasta el próximo verano que como mi amante de los últimos dos años. Lo hago cerrando los ojos, tratando de grabar la textura de su piel y la manera en que mis brazos se cierran contra su perturbadora delgadez. No lo recordaré. La verdad es que no me importa, sólo me hago la romántica en un intento desesperado de salvar algo de todo aquello, porque así he decidido que viviré siempre. En el fondo lo odio y espero no volverlo a ver al dejar hoy el motel . Aprovecho su sueño pesado para vestirme en “intimidad” y fumo un cigarrillo antes de decidirme a partir porque la parte decente de mi espera que se despierte para no dejar las cosas sin hablar y como en algún tiempo practicara el catolicismo espero que Dios lo despierte, si es su voluntad, antes de que el cigarrillo se apague para que las cosas se hagan de la manera correcta. Si no lo hace entonces será culpa de Dios o el destino y no la mía, porque tuve la intención. Salgo con gran alivio de la habitación. En el elevador la amarillenta luz de las lámparas me revelan un rostro ojeroso y lo siento ajeno, lo encuentro horrible pero reconozco que es el mío, y en cada uno de los cuatro espejos del elevador puedo ver mis pecas, mis labios secos y pálidos, mis viejas arrugas de sonreír, algunas nuevas en los ojos. Mi cabello aún vulgar. En la recepción no hay nadie y deposito mi llave en el buzón correspondiente. Ni una nota. Al salir a la calle el viento me despierta con su golpe helado, me dirijo, como siempre, a comprar café para llevar. Tengo vergüenza y, como nos sucede siempre en estas situaciones, la gente me mira y adivina lo que pasó, no lo de salir de un motel luciendo como lo hago, ni de las cosas pecaminosas que permití que hicieran con mi vagina pero de la imagen de él esperándome para ir a comprar café. De su mirada al comprender que es un idiota cuando vea que mis pantalones no están, sentado como yo al borde de la cama pero del lado izquierdo, sin ver lo que yo vi. Del tiempo que se tomará viendo debajo de la cama y detrás de la cabecera, buscando una llave que yo ya deposité en el buzón, sus manos sobando desesperadamente su cara, suspirando entre sus dedos, reprimiendo las maldiciones. Ni un mensaje en la bandeja de entrada. Camino durante dos horas tomando mi café. Me duelen los pies y la música que sale de mis auriculares me hace sentir que lo que hago importa, que yo importo y que merezco algo. Que lastimar mis pies es suficiente penitencia. Que el elevador del motel era una morgue con sus luces refulgentes y sus muros plateados. Que a la que salió a la calle por las puertas del motel el viento golpeaba por primera vez.
miércoles, 29 de enero de 2014
Oh...
Me despierto sin gran emoción. En algún tiempo, no hace tanto tiempo, me despertaba con mucha energía, planeaba los detalles, la música, los calcetines, el desayuno, la tarde, el humor. La mayoría del tiempo funcionaba. Hoy me despierto por inercia, porque sé que tengo que hacerlo. Todos tenemos que hacerlo ¿no?. Espero que el silencio me indique que el mundo se acabó. Sólo hay ruidos de gaviotas que parecen hacer el amor y ser degolladas al orgasmo, automóviles nerviosos y, de nuevo, la grúa a lo lejos construyendo un nuevo y feo edificio en la esquina. No me puedo mover, mis ojos son como dos canicas que se me antojan para tocarlas pero, ya lo dije, no me puedo mover. Pienso en mis sueños. Lo he visto de nuevo pero mucho menos. Cada vez menos. He estado en una fiesta con mi amor y nos abrazamos porque nos necesitamos, estoy segura que si alguien no me necesita esa es ella. Yo necesito a todos. Tanto. Me levanto poco a poco, busco mi celular en el piso, sigo pensando en ella y en nuestra fantasía de los sueños y los mundos paralelos que los implican. Uno en donde nunca necesité irme y despertamos juntos. Uno en donde me abraza por la noche en un bar, en el que decidí regresar y las cosas aún funcionaban. El universo en el que todo se fue a la mierda. El parque y el reencuentro. En el que todos siguen adelante y nadie se vuelve a ver. Espero que no haber despertado muy tarde porque es la cosa correcta, espero que sea tardísimo, lo suficiente para no haberme enterado que la casa se incendió y todos tuvieron que irse. Para no enfrentar la vida. Hace frío, siempre hace frío, comienza a cansarme. Desnuda el lento proceso de vestirme me regala tiempo para mi, para seguir con la tortura. Me estiro, me pongo las bragas, aprieto suavemente mis pechos que se relajan, el broche del brassier, el mismo pantalón de ayer que permanece en el piso como una estatua moderna, el mismo sueter, el mismo saco, calcetines disparejos. ¿Será verdad que todo se está yendo a la verga? Me miro al espejo y me encuentro vieja. Entiendo lo que son las fantasías, entiendo que se trata de mujeres obesas a quienes sigo alimentando de cebo y carnada, de basura negra y mojada con cabellos, que la comen de manera casi lujuriosa, que les gusta tocarse la vagina con una mano mientras se meten una bola de manteca en la boca con la otra. Entiendo de quién se trata. Y mientras yo intento parar el festín, sobrevivir el día, no destruirme por las noches, él se da por vencido. Se sujeta pero el dedo meñique ya se ha desprendido. Yo me sostengo tan fuerte que siento los rasguños en mis manos quemadas mientras la corriente del mistral me lleva en dirección contraria. Repaso una vez más mis palabras antes de salir, una vez más el reflejo. Sé que todo es pesado para personas como yo, que todo termina aplastándose, disminuyéndonos. Saboreo mi leche que se me sube a la cabeza. Cayendo por mis ojos, regresando al plato, mojando mi cereal.
martes, 24 de septiembre de 2013
Tender is
Her breasts crushed flat against him, her mouth was all new and warm, owned in common. They stopped thinking with an almost painful relief, stopped seeing; they only breathed and sought each other. They were both in the gray gentle world of a mild hangover of fatigue when the nerves relax in bunches like piano strings, and crackle suddenly like wicker chairs. Nerves so raw and tender must surely join other nerves, lips to lips, breast to breast . . . .
They were still in the happier stage of love. They were full of brave illusions about each other, tremendous illusions, so that the communion of self with self seemed to be on a plane where no other human relations mattered. They both seemed to have arrived there with an extraordinary innocence as though a series of pure accidents had driven them together, so many accidents that at last they were forced to conclude that they were for each other. They had arrived with clean hands, or so it seemed, after no traffic with the merely curious and clandestine.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Bodegones
El día va sin mucha diferencia a los que ya pasaron y a los otros. La pantalla en la pared se turna entre la hora, la fecha y el clima. Mi madre pinta un bodegón de limones que parecen naranjas en la otra habitación, ya lo he pensado y fui y le dije “Mamá, en verdad que eres muy mala y si no puedes distinguir entre limones y naranjas sería mejor que te des por vencida”. Se giró a verme y por un momento sus ojos muy abiertos parecían mirar los gusanos de mi cerebro, luego la mano que sostenía el pincel se abalanzó con destreza hacia mí lanzando pequeños proyectiles de pintura verde que aterrizan unos en el suelo y otros en mis párpados y mejillas, el pincel se azota en mi cara y una diagonal verde me atraviesa de la oreja a la boca, bellísimo ¡lo mejor que has pintado!. No digo nada porque lanzar cachetadas ninja se ha vuelto la nueva costumbre de mamá, eso y los intentos de limones por toda la casa. A mi se me ha vuelto costumbre ver mucha tele y odiar a mi hermano, me es difícil entender que todos piensen tan bien de él. Hoy que es un día igual a cualquier otro decido que es hora de irse. La pantalla de la pared dice 32ºC y hace mucho calor, pero estoy segura que a quinientos kilómetros de aquí llueve, puedo oler los cerros mojándose, la carretera que los abraza se está moteando, las montañas son más verdes y llenas de nubes cuesta arriba y yo veo a mi lado derecho un lago y luego ese lago se cubre de naturaleza acuosa y verde, se cubre de pasto largo y sé que debajo hay patos, asnos, vacas; voy a ponerme a contar los autos blancos como el de papá para no aburrirme y espero que en ninguno venga él, si lo veo pasar me esconderé tras el pasto y lo saludaré pero él nunca sabrá que sí me despedí.
Mi cuarto tiene un tragaluz justo encima del mueble en el que mi mamá ha dispuesto y enfilado todas mis muñecas, todas ellas sentadas, estáticas, sonrientes con sus brazos incondicionalmente doblados. Todas me miran porque yo soy su Dios y ellas mis fieles feligreses que aguardarán por mi hasta el día en que decida regresar; están iluminadas con la luz que cae del cristal, triangular y difusa y parecen ángeles malditos más que mi rebaño. No me llevaré ninguna.
No tengo una maleta, no tengo la mayoría de edad o algo así. Tomo una funda de almohada porque eso sí que tengo dos. Desnudo la almohada y pienso en lo fea que es en verdad y guardo un montón de blusas, cuatro calzones (eso es importante) unos calcetines, un par de pantalones y un estuche de Polly Pocket que me gusta mucho; cruzo la sala en donde mi hermano llora en su corral como corderito huérfano, de la cocina cojo un cuchillo (he visto en la televisión hacer esto) quiero coger una mandarina pero las mandarinas están podridas como los limones de mi mamá. Salir silenciosamente de casa es fácil y una vez en la banqueta la funda de la almohada en mi espalda me da gran sensación de poder, ¡estoy feliz! Camino durante horas hasta que llego a la esquina, vuelta a la izquierda hacia la gran avenida, mi madre debe estar preocupadísima en estos momentos, así que sigo caminando excepto que al llegar al Colegio Simón Bolivar ya no sé qué hacer.
Mi papá está en casa lavando su auto cuando regreso y me saluda contento pero sin dejar de ver la franela que acaricia el auto blanco, no nota mi maleta de fugitiva. Dejo resignada el cuchillo en la cocina y mi hermano ya no está en el corral, debe estar dormido. No encuentro a mamá por ningún lado, entro en mi cuarto suelto mi funda en el suelo, me aviento desolada a mi cama y todas me miran.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Pánicq
Las instructoras de yoga dicen que lo bueno es despertar poco a poco, tener una alarma suave, que antes de abrir los ojos reconozcas tus manos, tus dedos, tus pantorrillas; estires los dedos de los pies, el más chiquito lo más, estirar hasta alcanzar la ventana y abrirla y sólo después abres los ojos, estirarte si es posible, apaga la alarma de campanillas celestiales. Tú no necesitas campanas ni música suave para despertar lentamente. Tú necesitas metal, una cachetada, que te quiten las cobijas, que te baje los calzones; otra cachetada. Tú eres, como se tituló el Vigía de Michoacán hoy, de sueño eterno, tú eres un auto volcado en llamas y un brazo desprendido y chamuscado en la carretera. Yo me levanto, ¿Cómo? de "putazo". A mi las alarmas estruendosas de bipbipbips monótonos me despiertan igual que la más amable de las alarmas, que cualquier melodía de Reiki con cantos de ballenas y viento que desprende hojas y perturba carillones de viento a su paso, que cualquiera de tus canciones rancheras que cualquiera de tus pianos. A mi todas las alarmas me asustan y abro mis ojos muy grande antes de sentir mis costillas derechas, mi cuero cabelludo, antes de sentirte a ti a mi lado, a mi me gusta despertarme como si la alarma de combate estuviera sonando, estado de alarma con un sobresalto, el aviso al fuego, la agitación pública, la amenaza de un nuevo día hace cundir mi alarma y me preparo inmediatamente para la defensa y miro el reloj y a veces jamás se activó, sólo en mi cabeza, sólo en un sueño de pánico y creo que también por eso me da miedo ir a dormir y tengo que llamarte para que duermas conmigo "no me tienes que tocar, sólo quedarte hasta que pase el miedo" ¿Y luego? Luego todo bien. Yo bailo ante la posibilidad del desastre y canto también y te beso, te beso aunque los monstruos de la noche hayan ensuciado nuestras bocas que habíamos limpiado antes de ir a la cama y tú te resistes por vergüenza y porque sigues dormido pero no sabes que a mi me gusta tu mal aliento y el olor de tus axilas porque es parte de la batalla.
Extraño ese tipo de batallas, el pánico al despertar y recordar que alguien me quiere asaltar en un puente peatonal y yo no consigo bajar las escaleras porque se repiten eternamente y te veo abajo en la acera y te grito y vuelvo a gritar tu nombre, sigo corriendo sin atreverme a entrar en el túnel de piedra subiendo y bajando rampas de cemento, me canso, me duelen las piernas de tanto pasear al perro, de tanto querer ser, y mi voz es muy débil de tanto fumar anoche, creo que por eso no me escuchas. Él viene detrás con su cabeza grande, con su cabeza rizada. ¿Cómo haces ahora para despertar? ¿Con tu alarma de radio? ¿Con un locutor contándote cómo el álbum Please, please me llegó a Estados Unidos hasta 1965 con el irónico nombre de The early Beatles? Quizá queriendo que please, please you. ¿Cómo haces para enfrentar el día sin mi típico pánico matinal que baila y canta y te quita las cobijas para que sientas el frío en los huesos para que tomes posición de combate como Corea del Norte con sus misiles y unidades de artillería con el punto de mira en Estados Unidos? En constante estado de tensión. Creo que te masturbas. Creo que te despiertas poco a poco como dicen las instructoras de yoga que es lo bueno y sientes tu dedo indice y las palmas de tus pies.
martes, 30 de octubre de 2012
Galletas con cerveza
La mosca parecía un punto negro que se hubiese desprendido del mantel de plástico que cubría la mesa y que era cortesía de la madre de Blanca, así como un setenta y cinco por ciento de los objetos que convertían el apartamento a imagen y semejanza de un hogar; los manteles, cortinas, tazas, cojines y pósters (recortes de periódicos más bien) forman un hogar de pésimo gusto y no importa qué tanto muevan de lugar las cosas o se muden de casa siempre se verán mal como muchas de las relaciones que Ilse conoce simplemente porque no se supone que deberían estar juntas. La mosca no volaba muy alto, era una de esas moscas grandes y negras, era una de esas moscas grandes y negras y escandalosas a las cuales la naturaleza ha desfavorecido con un cuerpo demasiado grande y peludo para sus pequeñas alas, es por eso que Ilse se pregunta si esa mosca, que lleva tres días viviendo a costa suya, es demasiado gorda para volar alto o es simplemente estúpida. Después de morder su galleta se le ocurre también que tal vez esa mosca no tiene familia, que tal vez los gatos mataron a su madre, padre, tíos, hermanos por diversión y no hubo nadie que le contara el secreto de la supervivencia urbana, nunca ha escuchado que los humanos detestamos la convivencia, que apenas soportamos la interacción intra-humana y que compartir el espacio con otras especies es casi inaceptable. Esa debe ser una de las moscas más tercas que se han mudado al apartamento. La galleta y el cigarro se encuentran a medio camino de su efímera existencia; le gusta esa combinación: cigarro y galleta ó cigarro y pastel ó pastel y cerveza pero sólo los combina cuando está sola por que le da vergüenza, pero no con los gatos ni con las moscas, ni con los organismos invisibles a nuestros ojos… recuerda que está mirando fijamente una mosca gorda y negrísima que ahora parece un chicle pegado en la acera pisado ya un millar de veces. También puede ser que la familia se sentía dolorosamente repugnada por el nuevo miembro de la familia que era evidente y grotescamente más grande, más negro y más peludo que el resto, la madre al ver a su nuevo aborto volar con dificultad y con las patas colgando pesadamente a los costados decide un día que no puede soportar tanta vulgaridad y lo lleva lejos hasta el apartamento de Ilse en donde lo deja después de darle unos giros para confundirlo como cuando rompes una piñata para que jamás encuentre el camino de regreso a casa, algo aprendido de la literatura griega. Es así como se instala en casa de Ilse y Blanca con una diminuta nota que Moscagorda ha dejado caer torpemente y que Ilse, aunque la encontrase, no podría leer jamás porque no lee idioma mosca, ha devorado su galleta, a su cigarro le quedan dos fumadas de vida, Moscagorda vuela hacia ella como si quisiera contarle un secreto, aterriza en su largo cabello castaño, rápido abandona el bucle de Ilse para ir al mantel donde boronas de galleta de zarzamoras con chocolate blanco descansan distribuidas aleatoriamente y Moscagorda observa, estudia, camina cautelosamente para no perderse ni un detalle y muere. Ilse levanta la mano y mira con curiosidad la sangreconotrscosas y patas que se quedan pegadas en su mano; piensa que no siente remordimiento alguno a pesar de la familiaridad con la que pensaba en Moscagorda Y. Negra y del vinculo que habían llegado a formar, pensaba que en realidad la presencia de Moscagorda Y. Negra no le molestaba y que la había aplastado dejando caer el peso de su manaza sólo porque podía y porque no había quien se lo impidiera, por último pensó que se trataba e algo justo porque así es la naturaleza y que esa mosca se lo tuvo merecido por ser gorda, lenta y estúpida, como cuando su charla con Al. de las cucarachas que mueren patéticamente de espaldas muriendo de impotencia como las personas que entierran vivas y se arrancan la piel de la cara.
El timbre… chingado… había olvidado que el cigarrillo y la galleta eran parte de su ritual para idear como mandar a la verga a su bato. Se levanta de la mesa con pesadez para abrir, hay una mosca negra en el mantel-que-no-combina. Estará ahí cuatro días más.
sábado, 22 de septiembre de 2012
if(bris==ENGLISH_TEACHER)
Sigo pensando en esa gente del cine y sus desagradables sonidos de muelas chocando con delgadísimas rebanadas de papas fritas con salsa valentina y limón mientras camino hacia mi salón, en el traslado saludo a la directora que le da una ojeada a mi nuevo corte de cabello como tratando de aprobar mis decisiones. Deberían empezar a prohibir el consumo de alimentos crocantes en el cine, las palomitas están pasando de moda y su monótono y repetitivo crujir me revuelve un poco el estomago, ("Sólo alimentos blandos" se lee en un letrero a la entrada de la sala).
La última vez que me sentí adormecida por la vida fui al cine. Vi una película dramática que me gustó, no era una completa chorrada. Salí sin alivio alguno deseando que algo sucediera, ver a un tipo atropellado en Av. Vallarta por ejemplo. No puedo ir perdiendo poco a poco esas cosas que me recuerdan que uno no vive para trabajar… ¿Qué sigue? ¿Voy a dejar de disfrutar una meada después de dos angustiántes horas de aplicar un examen, apretar las piernas y retener la orina? Quizá pierda el gusto por dormir. Ojalá perdiera el gusto por comer donas. En un punto crítico perdería el gusto por coger y por tener largas y significativas conversaciones con mi alumna de 9 años.
El pasillo que conecta mi salón con el resto de mis destinos escolares es la búsqueda infinita de eso que pierdo y que no sé qué es, los barrotes del barandal que apenas me llega a los codos pasan lentos y siempre termino mirando a través de ellos hacia el piso principal, el del patio rojo, buscando lo que extravié; los barrotes se terminan y me topo con una gran encrucijada: girar a la derecha me conduciría a mi salón ó girar a la izquierda y correr siguiendo las las flechas amarillo, verde y rojo que indican gritando el camino a la salida, pasar sin checar mi salida y seguir corriendo sin prestar atención a los semáforos. Tal vez sea yo el hombre atropellado que quería ver saliendo del cine. Mi decisión es definitivamente la más aburrida.
viernes, 4 de mayo de 2012
Pobrecillo
Su reflejo tres veces… bueno tres veces y media, la media corresponde a un reflejo oscuro y borroso, es el más lejano… el reflejo va sentado
al lado de la rubia del celular y el real va sentado frente a mi, a veces me mira y nuestros ojos se retan a algo que no me atrevo a descifrar, tal vez se trate de un dialogo que no quiero tener. Él también podría tener una mirada asesina sin gran esfuerzo pero es más bien una mirada que fantasea tal como debería de ser cuando se va en tren viendo el espectro verde de los árboles estirarse y casi romperse con la velocidad, todo el camino deseé que uno realmente lo hiciera que se rompiera en dos y una plasta verde saliera volando. Yo con mi mirada asesina y mis sueños violentos estoy mal; la rubia que lleva una hora al celular, ella también está mal su mirada es dispersa y va muy lejos del vagón, creí ver uno de sus dos reflejos llorando y justifiqué su parloteo celularesco pero sólo fue un efecto de luz porque la original reía, pero yo no puedo justificar nada pensé.
Pronto sería el fin del viaje y mi vértigo persistía y mis pensamientos eran oscuros y turbulentos, uno de mis reflejos, el más cercano y claro de todos me mira persistente y se burla de mi y de mi intento fallido por lucir feliz y apaciguada… sí que tengo buen ceño y una mandíbula de hierro, pero ¿quién más para liderar la guerra más inútil jamás peleada que una nefasta personalidad con mandíbulas de hierro y ceño fruncido que nadie soporta?
sábado, 7 de enero de 2012
Raíz y Tallo
Pantalón alto hasta la cintura, blusa blanca lisa fajada, ella siempre usaba este tipo de vestimenta nunca muy aparatosa, pensaba que era justo como su personalidad. El pantalón muy pegado le hacia lucir un buen culo y a mi que su culo siempre me había gustado me emocionó y me hizo feliz. Su cabello había crecido unos centímetros, cuando el cabello crece tres centímetros te transforma el rostro y la personalidad y se convierten en tres muy significativos centímetros y a mi, que soy la clase de persona que ignoraría las cosas de tres centímetros, eso me gusta.
Yo por eso quiero su cabello corto, sabia que en menos de un mes el cambio, sus expresiones faciales se verían conmovidas por dos o tres centímetros (casi imperceptibles pero no para mi) y luego tijeras; hubo un tiempo en que pensé que nunca podría gustarme de otra forma que no fuera muy corto, no más allá de la altura que las orejas alcanzan, me ponía nervioso pensarla con el cabello muy largo, me aterraba la idea mientras se desnudaba para entrar en la cama. Debió haberse cortado el cabello una veintena de veces desde la última vez que nos vimos y ahora lo llevaba un poco más abajo que el hombro, el copete (o tupe y flequillo porque nunca he aprendido la diferencia) largo le caía sobre los ojos haciendo una deliciosa curva a la mitad del camino y hasta las puntas. Se veía muy bien, supongo que en el fondo sabía que nunca estaría con ella el tiempo suficiente para ver ese cabello crecer hasta el punto en donde el largo ya no es incomodo (la parte donde choca con el cuello es la parte incomoda) la espera paciente de ver sus centímetros nacer, del alargamiento, de los días, los meses y años que debe haberle costado permitir a su cabellera rebasar los hombros que tanta resistencia habían impuesto, ella acomoda su abrigo en el respaldo de la silla alta del bar, sonríe de manera sincera, no luce nerviosa yo en cambio sí que estoy nervioso, sonrío e inmediatamente volteo hacia el gran espejo cubierto de estampillas y lo que parece ser un menú para ver mi cara y descubrir signos de nerviosismo que permanezcan ahí, es inútil, medio segundo no es suficiente para un buen estudio facial y más de medio segundo mirándome al espejo sin dejar de sonreír me haría lucir como un idiota, lleva tenis de tela blancos como su blusa y como su peinado casi inexistente, mientras coloca su abrigo, acomoda su bolsa y llama atractiva y dulce al barrista (tiene que ser atractiva porque el bar es de una oscuridad acogedora que me hace sentir cálido como en el vientre de alguna veinteañera) pienso en ella caminando cuesta arriba de la calle Nigromante y su cabello, ya debajo de su oreja, se balancea con el viento... yo nunca jamás lo he visto balancearse y volar, nunca lo he visto tratando de escapar con el viento y estirar sus puntas lejos de su cuello apuntando hacia el norte en busca de nuevas aventuras (alguna sopa caliente, la masa de un pan, al asiento del automóvil de algún esposo de una histérica gritando que le explique ahora mismo de quién es este cabello, la escena de un crimen...) las castañas puntas apuntando en la misma dirección que las hojas de la camelina y ella sonríe y le platica al hombre que la lleva de la mano de la vez que cogió en esta biblioteca a la derecha con un hombre al que ya no ve más. Luego esta tumbada a la caída de la tarde, sus senos caen con la gracia de la gravedad pequeños y firmes, está fumando un cigarro que comparte con un hombre diferente al de la calle Nigromante y sobre la blanca almohada que enmarca su cara y cuello su cabellera se extiende coqueta, sin ningún orden aparente y debe ya haber alcanzado el final de su cuello, lo compruebo cuando una mano entra en el cuadro que es su almohada y ella levanta la cabeza para fumar del cigarro que la mano sostiene, sus ojos sonríen al aspirar el humo y su pelo cae obligado por la gravedad igual que lo hacen sus senos cuando se tumba desnuda después de hacer el amor.
- Ei…. ei!!!
- Eh?
- ¿Vas a querer otra? - cuando me pregunta esto sus cejas se arquean de perplejidad y su boca sostiene una sonrisa que ahora es burlona.
- Eh, sí un tarro de oscura por fa - y estirándose, perfecta, hacia el barrista pide dos tarros oscura por favor.
- En qué piensas tan concentrado tú?
- En tus senos naturalmente. También en tu culo que se ve bien, en que la ventaja que tiene tu culo sobre tus tetas es que se ve muy bien con ropa y a mi tus senos se me antojan más bien desnudos.
- Jaja, no mames mínimo dame un abrazo primero y después si te portas bien te dejo tocarme el culo por tres segundos.
- Va. - Me di cuenta al abrazarla que entre más volumen más aroma.
sábado, 8 de octubre de 2011
Es muy agradable

"Es muy agradable entrar a un ano sucio" Es el letrero que se lee en la puerta del baño de maestros en la escuela primaria en que trabajo, lo que originalmente se trataba de una invitación a ser cuidadoso y limpio (es muy desagradable entrar a un baño sucio) se convirtió en una mórbida frase que invita a la exploración del orto de alguien con la simple acción de eliminar "des-" una "b" y el tilde que hace de una ene el símbolo universal del español. Me imagino la situación cada vez que voy al retrete y tengo de frente el letrero (llama mucho mi atención, incluso me desconcentra de mi objetivo inicial: orinar) y me pierdo un poco en mis pensamientos tratando de armar lo mejor posible historia detrás del anoagradable. De entrada descarto en un noventa por ciento la posibilidad de que haya sido un profesor el creador de aquello por dos razones principalmente: la primera es que es increíblemente irrespetuoso y ofensivo expresar la palabra ano de esa forma tan explícita y encima insinuar que al lector podría estimularle, excitarle o alegrarle el entrar a uno sucio. Los maestros son el principal modelo a seguir de un montón de niños susceptibles, son ejemplos de cultura y educación y dudo que alguien con tal responsabilidad encuentre divertido todo aquello (por otro lado yo soy profesora y no soy ningún ejemplo de cultura ni de educación, lo que me recuerda el día que al final de la inducción para maestros la directora nos pidió que nos retirásemos expresando nuestro sentimiento y/o pensamiento en una palabra, analicé mis posibilidades, pensé en la probabilidad de que alguien se adelantara con mis posibilidades dejándome lucir poco original y perezosa. Hice un mapa mental de "la palabra" y encontré la palabra perfecta: "estimulada", "estoy estimulada"… encajaba perfectamente: era graciosa y sí expresaba un sentimiento positivo, nadie diría nada al respecto y algunos incluso asentarían con la cabeza en señal de aprobación pero, sé que si no todos, al menos algunos estarían pensando en masturbación y/o pornografía y luego se sentirían culpables por pensar así de una colega, de una jovenzuela un sábado por la mañana en plena junta de trabajo. En mi turno de hablar lo dije con mucha seriedad y como si aquello se me acabara de ocurrir: Estimulada! ((ji ji))… me siento ((ja ja je)) estimulada ((ji jou)). Es curioso en lo que puede consistir tu diversión, aún cuando se trate de algo completamente silencioso, un pensamiento secreto y la tentación de burlarte de los demás en confidencia contigo mismo. El albur de una palabra que no debería tener una connotación negativa ((pero que la tiene sexual)) puede ponerte de buen humor las próximas cuatro horas). La razón número dos para dudar que se tratase de un maestro es la falta de imaginación que la mayoría de los maestros tenemos. Lo intento y no puedo imaginarme a la maestra de sexto grado con su cola de caballo bien apretada y su falta de cuello, hincada e inclinada sobre la puerta rasgando con su uña gorda la estorbosa b de baño entre risitas picaras.
Esas y otras cosas me hacen pensar que se trató de un alumno que se escabullo hasta la sala de maestros (alumnosprohibidoentrar), pero claro que no descarto la posibilidad de un maestro por completo; siempre puede existir uno como yo, guarro y mal educado, que encuentre diversión en las palabras cual estudiante montado en un camión, que despegando pequeñas letras(r y e) de calcomanía, te pide amablemente que ("recorrase por favor") tengas un orgasmo por favor.
lunes, 25 de julio de 2011
miércoles, 13 de julio de 2011
TAKSUN parte 2.
El R-176 olía a churritos con salsa Valentina y limón. Una sensación de asco y antojo al mismo tiempo. Recuerdo de infancia con Doña Gladys que también tenía mango, jicama y pepino, su sobrina estaba enamorada de mi tío Rubén, que es casado; se habían conocido cuando vivían en el rancho. En el puesto de Doña Gladys hice mi primera confesión: un vello lacio y delgado me crecía en la entrepierna, no me asustaba, en cambio me sentía excitada, así lo comprendió mi entonces amiga quien me sonrió con la condescendencia de quien tiene vello púbico bien largo y fusión de asco, antojo, pudor y excitación cuando iba montada en el R176B "Jardines" que iba a 100 km/h Carretera Chapala (parece que agarre un Ferrari me dijo una vez un alumno idiota). Luego el Alamo siempre tan agradable a la vista, con montón de vasos de café del seven, servilletas echas bola, bolsas de plástico (?), botellas de yoghurt vacías, etiquetas de coca-cola, un montón de boletitos de camión, un pañal y cientos de colillas de cigarro. Y si con la vista no te das por satisfecho también esta esa mezcla de sangre podrida más sudor más ropa impregnada de fabrica, querido Alamo que poco tiene que ver con el original. 40 km/h menos; 20 personas menos (todas desertan en el Alamo) y cojo un asiento, esto de coger asientos es cuestión 70% suerte y 30% astucia (a veces se requieren ecuaciones diferentes: 50% de suerte, 20% de astucia y 30% de descaro; o 50% suerte, 20% astucia, 20% descaro y 10% gandalles, algunas personas de la tercera edad pueden resultar lastimadas en estas variantes).
Ya sin cabezas estorbándome el panorama de la glamurosa Avenida González Gallo volteo al cielo y las nubes (negras-grises-moradas o qué se yo de colores de todas formas) amenazan con mojarme, sí, sólo a mi. Y recuerdo no sin un poco de horror la experiencia de 3 días atrás, cuando atrapada por la lluvia entré en un túnel teletransportador por alrededor de media hora y el vagabundo, el vagabundo y 16 de septiembre, de vuelta al origen, pero el cielo(multicolor) no me perdona y mis predicciones nunca se equivocan, aunque predicciones involuntarias, no tuve que caminar más que diez minutos, unos por Libertad y otros por Galeana y ya tenía que buscar un refugio. Tenía un plan y era mojarme pero cautelosamente y poco a poco. Primero a un 7/11 10 minutos y cuando la lluvia disminuye corro. Gasolinería (sí, gasolinería y no gasolinera) 8 minutos y mucha gente me observa como si fuera una locura ocultarse de la lluvia sobretodo estando una ya empapada. Cajero automático Banamex, sin efectivo disponible para acabarla de chingar: ahí se estaba bien por el aire acondicionado 7 minutos. De ahí me salte de árbol en árbol nomás y uno que otro techo hasta que encontré mi refugio absoluto, era un edificio viejo de la colonia americana en donde venden cortinas y alfombras mágicas. Ya no había mucha luz, una pareja estaba sentada en un extremo de los escalones, se esfumaron apenas me instalé en medio de su refugio (que ahora era mío y de la ciudadanía entera en todo caso). Leía algo, con esfuerzo porque estaba muy oscuro, un hombre aludía a la alucinó de otro hombre al empobrecimiento del lenguaje, de personajes que desconfían de sí mismos por sentirse dibujados por su pensamiento y su discurso, los dibujos siempre son engañosos, también los discursos y así seguía aludiendo a alusiones cuando una luz cegadora, como esas que ves cuando te mueres y amarilla me impidió seguirle a lo de devolverle al lenguaje su derecho. Si vez una luz de esas, por cierto, en el momento de tu muerte seguramente te atropelló una Suburban color tinto manejada por un anciano, yo no me morí y el anciano se disculpó con un gesto de mano por casi estamparse en mi libro (preciado y precioso porque no es mío) y una estaca brilló sobresaliente de la ventana del copiloto, después lo reconocí, era un larguísimo paraguas verde oliva que estiraba cada ligamento tratando de alcanzarme, yo lo alcancé a él por pura generosidad ¿Para mi? y su ancianotambién copiloto dice sí, y ya, sí. Como después de ese maravilloso gesto ninguno de los dos ancianoamigos me prestó atención cogí mis cosas y me largué alegremente del refugio con granparaguas que en su mango de madera fina tenía el siguiente grabado: TAKSUN. Argentina, una calle inundada y las mismas luces cegadoras y asesinas, Atenas: olvidaste tu celular en tu refugio niña. Calle muy inundada, Argentina, tianda-de-alfombras-refugio, pero nada de celular, me cagaba de la risa sentada otra vez en el escalón cuando un terceranciano: Eres la muchacha del paraguas, pues sí, se llama taksun, oh… tengo tu celular. Y abusada.
Ya sin cabezas estorbándome el panorama de la glamurosa Avenida González Gallo volteo al cielo y las nubes (negras-grises-moradas o qué se yo de colores de todas formas) amenazan con mojarme, sí, sólo a mi. Y recuerdo no sin un poco de horror la experiencia de 3 días atrás, cuando atrapada por la lluvia entré en un túnel teletransportador por alrededor de media hora y el vagabundo, el vagabundo y 16 de septiembre, de vuelta al origen, pero el cielo(multicolor) no me perdona y mis predicciones nunca se equivocan, aunque predicciones involuntarias, no tuve que caminar más que diez minutos, unos por Libertad y otros por Galeana y ya tenía que buscar un refugio. Tenía un plan y era mojarme pero cautelosamente y poco a poco. Primero a un 7/11 10 minutos y cuando la lluvia disminuye corro. Gasolinería (sí, gasolinería y no gasolinera) 8 minutos y mucha gente me observa como si fuera una locura ocultarse de la lluvia sobretodo estando una ya empapada. Cajero automático Banamex, sin efectivo disponible para acabarla de chingar: ahí se estaba bien por el aire acondicionado 7 minutos. De ahí me salte de árbol en árbol nomás y uno que otro techo hasta que encontré mi refugio absoluto, era un edificio viejo de la colonia americana en donde venden cortinas y alfombras mágicas. Ya no había mucha luz, una pareja estaba sentada en un extremo de los escalones, se esfumaron apenas me instalé en medio de su refugio (que ahora era mío y de la ciudadanía entera en todo caso). Leía algo, con esfuerzo porque estaba muy oscuro, un hombre aludía a la alucinó de otro hombre al empobrecimiento del lenguaje, de personajes que desconfían de sí mismos por sentirse dibujados por su pensamiento y su discurso, los dibujos siempre son engañosos, también los discursos y así seguía aludiendo a alusiones cuando una luz cegadora, como esas que ves cuando te mueres y amarilla me impidió seguirle a lo de devolverle al lenguaje su derecho. Si vez una luz de esas, por cierto, en el momento de tu muerte seguramente te atropelló una Suburban color tinto manejada por un anciano, yo no me morí y el anciano se disculpó con un gesto de mano por casi estamparse en mi libro (preciado y precioso porque no es mío) y una estaca brilló sobresaliente de la ventana del copiloto, después lo reconocí, era un larguísimo paraguas verde oliva que estiraba cada ligamento tratando de alcanzarme, yo lo alcancé a él por pura generosidad ¿Para mi? y su ancianotambién copiloto dice sí, y ya, sí. Como después de ese maravilloso gesto ninguno de los dos ancianoamigos me prestó atención cogí mis cosas y me largué alegremente del refugio con granparaguas que en su mango de madera fina tenía el siguiente grabado: TAKSUN. Argentina, una calle inundada y las mismas luces cegadoras y asesinas, Atenas: olvidaste tu celular en tu refugio niña. Calle muy inundada, Argentina, tianda-de-alfombras-refugio, pero nada de celular, me cagaba de la risa sentada otra vez en el escalón cuando un terceranciano: Eres la muchacha del paraguas, pues sí, se llama taksun, oh… tengo tu celular. Y abusada.
domingo, 3 de julio de 2011
TAKSUN parte 1.
La generosidad tiene nombre, TAKSUN (parteprimera)
Arrastré a Carol por todo Libertad, desde la banca donde habíamos estado tomando café y observando el zoológico de hombres de la zona, subrayando cualidades y resaltándolas, ignorando defectos (como de estatura), exagerando en todo sentido nuestra inclinación por alguno de ellos. Todos ellos salpicándonos de testosterona. Irremediable. Un sujeto bigotón también lleno de lo ya mencionado nos gritaba algo desde la comodidad de de su autoescondite, sonreía y agitaba los brazos de arriba a abajo; su discurso duró lo que el rojo, más de lo que dura en promedio un piropo. Maldita comadreja bigotona en su comadrejera blanca.
Las nubes cubrían todo hasta a mi, pero el calor nos abrazaba paternalmente tan tan fuerte que nuestros cuerpos lloraban y lloraban tanto tanto que yo estaba ya hasta la chingada de ese abrazo (como de todos los abrazos aunque no sean paternales) porque de tanta secreción mi cuerpo estaba empapado y mi ropa, Libertado, Colonias, embajada americana, mis cabellos, las plantillas de mis zapatos. Carol tuvo que cargar mis libros no por caballerosidad y galantería pero porque se lo ganó diciendo que seguro que ni pesan tus libros mamona. Moscú, Argentina, comenzaba a preocuparme que en veinte minutos (los que hacían falta recorrer hasta la parada del camión) estaría chorreada de cuero cabelludo-pasando por rodillas-a las plantas de los pies (helechos o más bien siempre vivas) Enrique Días de León, Rayón, pero qué calor esta haciendo - dijo Carol. Sí y vas acelerando el paso porque no voy a llegar, me estreso si no llego a tiempo. Federalismo, Pavo y está bien te libero, puedes ir a tu casa, a tu parada hija mía, no hay cuota de diez mil pesos por tu libertad, lo hago de pura generosidat y buena voluntat.
Así se fue ella caminando hacia La Paz y yo a un lugar menos equilibrado llamado 16 de Septiembre, R-176 B un brinco y estoy en mi asiento (que hierve) tratando de consolarme, consolación, la eterna ceremonia que aplica de madrugada y al despertar, en la bañera y en un R 176 B con destino al Salto.
viernes, 1 de julio de 2011
viernes, 17 de junio de 2011
Una de las razones por las que te dejo.

-Llorar aquí es ridículo hasta para ti - le dijo V. sentado en la barra de un bar "under" del centro, uno de esos lugares que parecen albergar gente de mala calaña, en realidad sólo asiste gente que le gusta escuchar música decente y comer una hamburguesa decente en la barra con una cerveza de barril más o menos buena pero barata. Una barra corta, de un metro y medio de largo, sostenía un tarro con poco menos de un litro en ella, pequeñas gotas la rociaban y caían al precipicio, una superficie de caoba, como presionando a tomar su contenido antes que este se caliente y entonces no valga nada, porque una cerveza una vez caliente es como un guiso insípido una vez servido: irremediable.
Era cierto, ella lloraba en los lugares más ridículos e inesperados, se avergonzaba de su fragilidad y de su incapacidad para contener sus sentimientos que cada vez salían líquidos, ya fuera felicidad o tristeza o simplemente una risa larguísima de las que te lastiman el estomago, pero sus palabras le llegaron directo a los conductos lagrimales y grandes gotas llenas de hormonas se estrellaron en la madera y de a poco se fueron confundiendo con las gotas que el tarro había llorado. Un gemido ahogado y él sintió remordimiento.
-Perdón, perdón.- y la abrazó sinceramente, ella se tranquilizó en sus brazos y pidió perdón porque cada vez que arruinaba una buena comida o unas copas sentía culpa también. Las gotas se arrastraban lentamente en una línea recta y avanzaban cada milímetro hirientes y mordaces, esta vez mojando su suéter. Él la perdono sinceramente pero esta sería una de las razones por las que la dejaría.
Era cierto, ella lloraba en los lugares más ridículos e inesperados, se avergonzaba de su fragilidad y de su incapacidad para contener sus sentimientos que cada vez salían líquidos, ya fuera felicidad o tristeza o simplemente una risa larguísima de las que te lastiman el estomago, pero sus palabras le llegaron directo a los conductos lagrimales y grandes gotas llenas de hormonas se estrellaron en la madera y de a poco se fueron confundiendo con las gotas que el tarro había llorado. Un gemido ahogado y él sintió remordimiento.
-Perdón, perdón.- y la abrazó sinceramente, ella se tranquilizó en sus brazos y pidió perdón porque cada vez que arruinaba una buena comida o unas copas sentía culpa también. Las gotas se arrastraban lentamente en una línea recta y avanzaban cada milímetro hirientes y mordaces, esta vez mojando su suéter. Él la perdono sinceramente pero esta sería una de las razones por las que la dejaría.
jueves, 9 de junio de 2011
Un triste caso de James Joyce
Un ser humano parecía haberlo amado y él le negó la felicidad y la vida: la sentencio a la ignominia y a morir de vergüenza . Sabía que las criaturas postradas allá abajo junto a la muralla lo observaban y deseaban que acabara de irse. Nadie lo quería; era un desterrado del festín de la vida. Volvió sus ojos al resplandor gris del río, serpeando hacia Dublín. Más allá del río vio un tren de carga serpeando hacia la estación de Kingsbridge, como un gusano de cabeza fogosa serpeando en la oscuridad, obstinado y laborioso. Lentamente se perdió de vista; pero todavía sonó en su oído el laborioso rumor de la locomotora repitiendo las sílabas de su nombre.
Regresó lentamente por donde había venido, el ritmo de la máquina golpeando en sus oídos. Comenzó a dudar de la realidad de lo que la memoria le decía. Se detuvo bajo un árbol a dejar que murieran aquellos ritmos. No podía sentirla en la oscuridad ni su voz podía rozar su oído. Esperó unos minutos, tratando de oír. No se oía nada: la noche era de un silencio perfecto. Escuchó de nuevo: perfectamente muda. Sintió que se había quedado solo.
viernes, 15 de abril de 2011
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